Un campo de batalla. Por Lourdes Ortiz


No sé si son tiempos o no para la lírica. Lo que sí sé es que la voz del poeta no se apaga. Brota como el manantial en tierras áridas o en la más alta montaña, fresca y limpia, a borbotones o bajo control, cuando la mano del hombre y su pericia la domina y la controla. Desde el comenzó de los tiempos el hombre canta, busca el juego rítmico para expresar anhelos, sentimientos o para contar los deseos del dios, que construye para calmar sus miedos. Desde el hechicero que entona su cantinela hasta el último, cercano, poeta contemporáneo. El poeta, el cantor ha expresado así a través de los tiempos su  ligazón con las historia, con los mitos, la epopeya, como es el canto guerrero,  dedicado a las hazañas de los héroes o a las correrías  de los dioses, que él crea con su verbo y entroniza y venera.

Se busca la sonoridad de la palabra, su contundencia o su liviandad, como un rosario de cuentas engastadas, buscando a veces la repetición y otras el contraste, la antinomia, el juego. Desde el origen, digo: la música del verso. Un modo de persistir en la memoria colectiva. Con el tiempo la palabra cantada, el poema narrado, quiere ser escrita, conservada, transmitida de generación en generación y más tarde, con el uso ya de la imprenta   lo que era beneficio, tesoro de unos pocos, llega a las masas, se multiplica y pervive, se derrama y surgen los hitos, las escuelas , el homenaje y el aprendizaje de los grandes. Poema lírico, dramático,  satírico, burlón, sentimental, social incluso. Muchas las formas y muchos y diversos los contenidos. Se aprende de los grandes, de aquellos que dejaron su huella y que, por fortuna, han llegado hasta aquí en hermosas Antologías o en pequeños libros de bolsillo. Un enorme caudal de palabras y vidas.

De sueños, pero también de modos de hacer, vericuetos de la analogía y la metáfora. Poemas oscuros o radiantes, que nos hablan de grandes batallas, pero también de los desvelos del yo y  de la impotencia del hombre ante aquello que no puede eludir la soledad, el dolor y la muerte. El verbo, la palabra convertida en talismán con sus múltiples sentidos juguetones, sus querencias, sus escondidas o explícitas alusiones. Pero, sobre todo, su ritmo, su musicalidad, ya sea gracias a la rima medida y a las fórmulas transmitidas de generación en generación o en esa  poesía libre de pautas, de medida, que, sin embargo, mantiene la melodía interna y permite la autonomía del creador en la época contemporánea.

El poeta se hace con la experiencia, con el amor a los poetas que ha amado y de los que ha bebido, pero sólo nos conmueven, vuelven a despertarnos- persistan o no en la memoria colectiva- aquellos que han encontrado su propia voz, sometidos o no en sus años jóvenes a las modas del momento, a las escuelas; o libre de pautas, cuando pasa el tiempo y empiezan a hablar desde sí mismos, creando su propio lenguaje, eligiendo sus temas o más bien dejando que los temas les elijan  se filtren desde dentro  y fluyan con una nueva verdad , que será individual, pero al mismo tiempo capaz de propagarse y rebotar en otros; aunque siempre, de algún modo, volvamos a encontrar en su obra, el pulso de un momento concreto, de un  periodo determinado, porque nadie se libra de la marea inconsciente pero real del tiempo que le toca vivir. Y sin embargo los poemas del pasado más remoto saltan  y nos conciernen, nos tocan las fibras más íntimas, porque los grandes temas son siempre los mismos y también porque la belleza de la palabra, su contundencia, su gracia o su ligereza vuelven a emocionarnos.

Juan Manuel Muñoz Aguirre, que ha ganado con este poemario el premio Internacional de poesía Miguel Hernández, y que ya anteriormente nos había dado otros libros con sus poemas, como Omnia (1986)Adiós, dijo el duende, que fue Premio Hiperión  de Poesía en el año 1991 y el más reciente, antes del que ahora comentamos, Hacia el viaje, publicado en el año 2006  es, como demuestra en este pequeño libro, un poeta maduro, severo y tierno al mismo tiempo, alguien que se despoja de todo lo aprendido y mira desde dentro y en solitario al mundo que le rodea y  que nos da en sus poemas una lección de contención y fuerza, de saber hacer para  olvidar las fórmulas, las que ha amamantado y de las que se aleja para dejar fluir su voz. Esa voz que nos llega  despojada, clara y con esa serenidad que da el paso del tiempo y el conocimiento. No hay retórica huera en estos poemas sino verdad profunda del ser, nostalgia y melancolía por un tiempo perdido, pero también plenitud de la mirada ante lo que existe, lo que hay, la vida sencilla de las gentes, la de cada uno y, de algún modo, la de todos.

Hay una extraña serenidad en cada uno de estos poemas, una serenidad que  tiene que ver con lo que algunos consideraron poesía pura, pero que se distancia de sus antecesores y crea su propio espacio,  dejando detrás influencias directas o modos de hacer. Como los grandes ha aprendido de todos los que ha amado – que son muchos, porque la cultura y la mucha lectura de Juan Manuel Muñoz, le ha dotado de un arsenal de modos y maneras para construir el verso- pero se ha liberado de su huella, o su marchamo, y habla desde sí mismo y ahí en esa limpieza y en esa verdad está su grandeza. Sin que hablemos de eso que se llama poesía de la experiencia o algo así.

            El libro se divide en 3 partes: “Las hogueras, Las estaciones  y Un viaje de invierno”, que aunque son diferentes por su temática y seguramente por el momento en que fueron escritas, tienen sin embargo una unidad. Hay en las tres partes esa nostalgia del  tiempo vivido y perdido, que intenta recuperarse y que se escapa, pero sobre  todo, al mismo tiempo, hay una aceptación que  se manifiesta especialmente en esa primera parte dónde lo cotidiano se rodea de una luz primordial. Está siempre el recuerdo, pero está el presente que todo lo borra o lo reduce. No hay alharacas sino destellos, fogonazos sin estridencia de lo que fue y lo que pudo ser; pero hay también una constancia de la presencia de la muerte que aletea en todo el libro, del miedo, y un homenaje escueto, sin aspavientos y como de pasada, a los desheredados de la tierra, como encontramos en “Postales veraniegas”, o en esos dos bellos poemas sobre la futilidad del héroe, de los héroes, reclutados para la batalla, en “Profesionales”, pag. 19) o en “Por el ejemplo”. Pero es esa constancia del tiempo, que corre, y la volatilidad  de lo vivido, lo que traspasa no sólo esta primera parte sino todo el libro. Hay una frase que define ese sentimiento, que, al mismo tiempo, es el nuestro. Todo va muy deprisa, trepidante, pero  cómo en el clásico “Recuerde el alma dormida”, él acaba uno de sus poemas con una frase que ya nunca podremos olvidar.

                        El fin del mundo está muy cerca: lo que dura una vida.

Un mundo sin dioses, sin esperanza  de paraísos venideros, un individualismo que roba la esperanza historicista. Esa añagaza de tantos sacrificios y también de horrores. El mundo sin uno ya no es nada. El mundo se acaba en cada uno.

Pero hasta la memoria es puesta en entredicho, mezclada con el sueño. Humo que desdibuja los recuerdos, los trastoca o los desmiente. Todos o casi todos los poemas de “Estaciones”, pero sobre todo los de “Un viaje de invierno” rondan la senda del deseo perdido,  de lo que fue tal vez y ya no es. O quizá ni siquiera fue entonces. Un mundo de alucinaciones persistentes y visiones tranquilas, de las cosas cercanas y de aquellas, de un recuerdo que es también engañoso y cambiante. Lo he dicho al principio, creo, pero hay una dosis de melancolía, desencanto y nostalgia en casi todas las paginas, aunque hay también esa presencia cercana de las cosas, del cuerpo de ella  tamizado por la luz, una ella, que llega a ser genérica aunque próxima y          que también es cambiante con el paso del tiempo, diluida, casi irreconocible, pero próxima.

 Son poemas de amor y de deseo, pero una vez más del cansancio y el agotamiento, de lo inestable de las cosas, de las ciudades, que se alejan , al ser soñadas,  y del tiempo fugitivo, o de la fe en el amor y del engaño que supone, cómo en ese poema llamado “Sentencia” que comienza diciendo:

                                    El amor verdadero nunca te hará feliz.

                                   Te hará lúcido, especial,

                                    te hará otro incluso, pero no feliz.

Que termina diciendo:

                                   La memoria es perversa.

                                   Se odia a sí misma.

                                   Nos odia.     

 

El viaje en la memoria es por tanto no sólo recuperación, sino sobre todo constancia del olvido, confuso alegato sobre un presente que también es esquivo, sumergido y trastocado en los cambios de aquel que fue y ya no es. Y que tal vez se mira viendo, como ella, en cambio, en el poema, mira sin ver. “Limpio y a la vez difuso” en el recuerdo como nos cuenta en ese ese magnífico por su aparente simplicidad “Bodegón con figura”.

Siempre he pensado que es muy difícil que el comentarista, el estudioso o el que se  atreve a hacer una presentación o un simple prólogo, como yo misma en este caso, que además no soy especialista en teoría literaria y menos aún en poesía,, sea capaz de transmitir la belleza del texto, la grandeza o la parquedad de un poema o de un relato, incluso de una novela. Lo que si puede conseguir es transmitir al lector -o en este caso a ustedes- las sensaciones recibidas, que serán también siempre personales y cambiantes, porque, si toda obra es abierta y es ya del lector, más todavía cuando se trata de un poema. O de varios poemas. Lo que si me gustaría transmitirles es la emoción y la curiosa cercanía,  que he sentido con la lectura de este pequeño libro, que es, como todo gran poema – ya lo he dicho antes- un talismán, un espejo, que reverbera en cada lector y en cada nueva lectura. Cada buen poema es un deslumbramiento, una pequeña punzada, que llega a tocar -como en este libro ocurre-  fibras muy íntimas, pero también variopintas y al final, quizá genéricas. Será la lectura de algunos de los poemas, que nos haga el propio autor, la que les transmita a ustedes algo de lo que yo he percibido en su lectura, o ¿quién sabe? algo muy diferente.  Cada poema es una caja de sorpresas, de incógnitas y premoniciones, que se abre en cada nuevo lector y casi nunca se repite. Lo que sí puedo asegurarles, para animarles a la posterior lectura ya individual y en sus hogares, es que esa limpieza y ese despojamiento, poblado de sensaciones y sentidos ocultos, con el que el autor nos sorprende no es sólo un crucigrama que hay que resolver, sino un adentrarse en lo más profundo del ser humano y en nuestras vidas. En nosotros mismos.  Hay algo filosófico, sin pretenderlo, algo que linda con lo estoico en alguno o en casi todos estos poemas y, por lo tanto, con los conflictos de antaño, pero también irremediablemente con nuestro tiempo y con nosotros mismos. Cambian los tiempos, cambian y evolucionan los modos de vida, las religiones, las creencias pero, si existen los clásicos, no es sólo por la belleza de  sus palabras o sus contenidos, sino porque tocan las teclas de lo humano: el amor, la soledad, el miedo, la presencia de lo inmediato, de lo más sencillo y cotidiano, del amor, el deslumbramiento, la añoranza, y  sobre todo de la mortalidad, esa llaga certera que nos acosa irremediablemente. Los antiguos inventaron paraísos y religiones diversas para huir de la Nada. En nuestro tiempo la apuesta es algo más difícil. A no ser que pensemos que seremos abducidos antes o después por horribles o hermosos seres extraterrestres. O nos sumemos a los nefastos fundamentalismos. Bueno, eso es lo que yo hija del XX y ya en el XXI creo y pienso y algo de esa dessperanza y esa creencia me la ha transmitido también el hermoso librito de poemas de Juan Manuel Muñoz.