Presentación en Madrid de: "Hijos de la piedra" de Guillermo Fernández Rojano


Spbre la presentación del libro:
 "Hijos de la piedra" de Guillermo Fernández Rojano
Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana” 2018

 Por Carlos Reis
(31 de enero en la librería Enclave de libros de Madrid) 

                                                                                              Como hijos de la piedra,
hay que machacar en ella. 
Miguel Hernández

Hijos de la piedra de Guillermo Fernández Rojano ha sido galardonado con el Premio Internacional de Poesía “Miguel Hernández-Comunidad Valenciana” 2018 y publicado por la siempre exquisita editorial Devenir del poeta y profesor Juan Pastor.

Ayer por la tarde lo presentaron -en la Librería Enclave- Juan Pastor, Juan Manuel Damiani y nuestro entrañable poeta gaditano Antonio Hernández, en un ambiente cálido, lírico, y de la sincera alegría intelectual que producen siempre protagonistas de tanto calado.  Se respiraba un aire libre, onírico, trascendental y lúcido, donde se palpaba el infinito de la poesía rojana, lejos de falsas posturas éticas o sectas de la palabra. Impecables los poetas asistentes y extraordinaria la calidad de Hijos de la piedra, que como recordó el poeta sevillano evoca a Hijos de la ira. Poesía de contradicciones, filosófica y superrealista, culterana y conceptista a la vez. Versos que laten con un corazón auténtico. Libro con voz muy propia y profunda, sentida. Poesía de la dualidad, con una estructura binaria de la realidad, y de todas las posibles. Rojano es la capacidad de imaginar. Poeta honesto y original, que con timidez y ensimismamiento nos transmite esa voz escatológica y cruel  -en vilo su música- “escala una identidad rota, la de este tiempo”. Nos eleva hasta el infinito, allá donde habita el auténtico poeta.

Rojano hubiese dicho que ayer fue un día ceremonial,  “donde las detonaciones fueron símbolo de alegría y de infortunio, de devoción o de rabia”. Damiani subrayó que la poesía del jienense continúa la tradición del malditismo y del neoromanticismo, y que no es en absoluto inocente: Desactivar el signo/ que derrite las grúas en la madrugada/ cuando lo frágil sueña solo/ con ser ardiente./ Desactivar el muro de la oratoria,/ su halitosis.

Rojano es un poeta filosófico y simbólico hasta el deslumbre:  sonando su vestido de campanas,/ golpeando el alma contra un bastidor de huesos.   Y como continuó Damiani, se trata de una poesía superrealista, de realismo extremo, pero no es hermético, sino claro. El humanismo y la música se funden al respirar los poemas.  Hijos de la piedra ansía alcanzar una justicia que se libere de sus cuadrículas. Damiani recordó que Rojano como W. Blake y todo poeta verdadero “se tiene que sentir cerca del demonio”. Como hace el mismo Antonio Hernández en Oveja negra.

Guillermo Fernández Rojano nos regala un poemario que abre llagas.  De estructura no convencional, donde conviven la prosa y el verso, el simbolismo y la sugerencia. “El poeta nunca deja de ser sospechoso, como todo aquello que no se entiende”. No se ha enseñado a leer poesía, que es la prolongación del lenguaje infinito de Fernández Rojano, como de Antonio Hernández, que en Viento variable y en su poema “Aparición del arte”, escribe que “el arte nació el octavo día, justo cuando Dios estaba descansando. Y desde entonces existe el infinito del arte en general.”

Rojano vuelve a la palabra de Blake,” el alma está en el cuerpo, donde se rompe la dicotomía”. Desde la línea de ruptura que supuso el romanticismo, el poeta comienza con “Arranca desde el vientre”. El bate tiene más dudas que certezas, y como Nietzsche  “habita más en las ciencias del espíritu que en el conocimiento”. Guillermo F. Rojano nos deja la miel de su poesía en los labios. Después de envolvernos con su magia, a penas nos sacia porque casi no nos lee poemas:

Si la polilla ha entrado en la fibra/ Y ha devanado el porvenir,/ si no se mueve la hoja/ porque se traslada a la velocidad del vacío,/si nunca hemos tocado nada,/ si nunca nos hemos tocado.

                                                                                                                              Carlos Reis