En la librería Prometeo y Proteo de Málaga, se presentó el nuevo libro de Javier Atencia


EL jueves día 22 de marzo de 2018 a las 19 horas. Se presentaba en la librería Prometeo y Proteo de Málaga el libro: "Parar el mundo. Una hermenéutica de la contemplación” de Javier Atencia Escalante. Acompañaron al autor: David (Francisco Sánchez la Fuente Santillana) y Juan Pastor que abrió el acto y agradecía,  tanto a la librería como al numeroso público que llenaba la sala, la posibilidad de reflexionar con tan grata compañía y generoso espacio.

Por su parte, David (Francisco Sánchez la Fuente Santillana), autor del prólogo que bajo el hilo conductor del mismo, reflexionaba sobre el libro. Mostramos a continuación algunas imágenes de la presentación y el texto completo del prólogo.

Cuenta una leyenda sobre Jorge Luis Borges, que habiéndole contado a su padre su deseo de ser escritor, éste le espetó: “¿Acaso tienes algo que decir?”. Nótese cómo tanto J. L. Borges como su padre son instancias de una relación que simplemente nos recuerda cómo tienen que estar los bueyes y el carro para que pueda realizarse un transporte. Primero lo que tira, lo que ejerce fuerza, y luego lo que arrastra, lo que es forzado. La escritura mueve el presente con una potencia brutal. Ser escritor es una etiqueta que emerge de un decir potente, de una capacidad de discriminar lo que condiciona y lo que es condicionado.

 Debido a los conocidos fenómenos de multilinialidad, equifinalidad y efectos no deseados es fácil enredarse en las mayas de la causalidad, creyendo torpemente, que lo importante es adquirir el respeto que produce la etiqueta “escritor”, “profesor”, “científico”, “filósofo”, “ingeniero”... en lugar de tener el criterio de relevancia o el pensamiento intersubjetivo que genera o da lugar a dicha etiqueta. Es el criterio de relevancia o la intersubjetividad lo que permite controlar las causas matrices sin perder la pista de la continuidad y el desenlace que dichas causas implican. Sin pensamiento intersubjetivo nos parecerá todo un circo de coches-choque en espera de que surjan espontáneamente normas de tráfico. La cantidad de artículos, libros y escritos en general, de una u otra índole, han generado una red informativa que ha producido un tráfico de conocimiento sin sentido, en el que la única norma que parece que puede surgir ya, es la no-norma que supone la entropía. En nuestros días, parece como si el sentido exitoso de la escritura únicamente lo determinase su publicación. Aunque parezca mentira, es necesario recordar que la escritura tiene como finalidad entrar en comunicación con la lectura y con otra escritura, para generar agregados que propicien salidas exitosas a las dificultades más profundas que nos encontramos; pero parece como si esta sociedad de la información en la que nos encontramos insertos, no pudiese conseguir más que una peligrosa fricción entre escrituras y lecturas causado por el choque rápido y repentino entre ellas, una fricción que tiene el poder de devenir en chispa incendiaria, lo que nos haría acudir desagradables hogueras pasadas en caso de no controlar su con-tacto.

Es urgente que la escritura se ponga al servicio del encuentro de una comunicación exitosa, que permita desvelar soluciones generales para problemas concretos.

El teorema de normalización conjuntiva y disyuntiva, la reducción de cualquier relación de condición-condicionado a éste hábito, la implementación con circuitos electromagnéticos (abiertos-cerrados) para vehicular el cálculo lógico-veritativo, ha creado las tele-comunicaciones. La telecomunicaciones han forzado una globalización de la comunicación sin clarificar ni controlar lo que la comunicación es, sea o pueda ser. Sabemos que la comunicación es un problema filosófico de alto nivel, esto es, físico, matemático, químico, biológico, lingüístico, ético, político y económico como mínimo; pero alcanzar una comprensión eminente de lo que es la comunicación, se hace imposible si se trabaja por separado, tal y como pretende el actual modo de investigación basado en departamentos, lineas de investigación y facultades que parecen no poder alcanzarse unas a otras. En la mayoría de los casos, los desarrollos conseguidos con la especialización han tocado un techo cuya continuidad es estéril, improductiva, endogámica. Es urgente encarar la comunicación “en sentido eminente”[1] atendiendo a su núcleo, prescindiendo de lineas de fuga que en realidad son de huida a ninguna parte.

Ya no se puede andar sin mirar al lado, hay demasiados coches-choque y las normas de tráfico siguen sin surgir espontáneamente, ya sabemos todos que corremos grandes riesgos de colapso.

La presente obra es un paso en favor de encontrar sentido y orientación que nos lleve de la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento; la obra es un paso con peso, puesto que sitúa y orienta el sentido controlando las causas matrices y siguiendo las pistas de su continuidad y su desenlace, escogiendo los problemas por su pertinencia y no por la “tendencia” que éstos pudiesen tener desde una corriente filosófica u otra. Parar el mundo. Una hermenéutica de la contemplación recoge y asume sin acritud las corrientes más relevantes que han sobrevolado el problema de la comunicación; además, el ensayo añade una posición desde la que se pueden contemplar dichas corrientes o perspectivas acerca de la contemplación. Todo ello, desde el único modo posible en nuestro actual estado de conocimiento, desde la genealogía, y no solo desde la historia. Además, el  ensayo está salpicado de momentos literarios que ayudan a cambiar el paso de la comprensión.

Y no solo es una genealogía textual, muy del gusto postmoderno en cualquiera de sus corrientes, desde los comunitaristas a Deleuze, pasando por Foucault y el psicoanálisis de Lacan; sino que no pierde el horizonte tecnológico (la formación en matemáticas y cibernética del autor lo impide). Tampoco pierde el horizonte sociológico, mercantil, ni el horizonte ideológico crítico de la escuela de Frankfurt hasta Habermas.

El autor se suma la intento de hacer menguar la confusión que todas estas perspectivas pretenden. Pues se hace urgente y necesaria una des-confusión de los horizontes heredados, tarea a la que el autor se entrega con precisión quirúrgica. Se levanta acta de las contemplaciones (metalingüísticas) que nos han dicho cómo es y cómo debe ser lo contemplado (objeto-objetivo) hasta llegar a la Modernidad, momento cumbre del ensayo, donde aparecen la igualdad y la libertad por un lado, la ficción por otro generando un nuevo contexto donde la contemplación adquiere una potencia aun desconocida. La contemplación moderna deja de estar prescrita por la tradición, la naturaleza y la religión, permitiendo la aparición de la ficción como un modo de la contemplación que permite plantear la tradición o la religión como una opción más entre otras.

La encara no pocos de los atinos y desatinos producidos en los últimos 2500 años. Quizá uno de los momentos cumbre de la obra es la explicación de cómo con la Modernidad la contemplación se transforma hasta producir un corrimiento epistémico reconocible de un modo privilegiado desde una perspectiva económico-política o desde una teoría del valor. Un corrimiento equiparable al que se produjo en la primera Modernidad con la aparición de lo físico-matemático.

El autor advierte el peligroso fenómeno de convergencia, en el que todas las selecciones contemplativas (hermenéuticas de la contemplación) parecen conspirar en favor de lo que minimice el coste de formación y maximice el instantáneo beneficio de la operatividad. Este ideal de búsqueda del beneficio más o menos mutuo y más o menos instantáneo estaba justificado en la primera Modernidad por el éxito de las ciencias físicas (el desarrollo técnico posibilitó una comunicación sin parangón en la historia de la humanidad), a la vez que ensombrecido por la inocencia de la disciplinas sociales. Ahora ya sabemos que no se ha producido un éxito análogo al que produjeron las ciencias físicas en las ciencias económicas; las ciencias económicas han traído solo fracasos. Tan solo la Teoría de juegos y la Ecología de poblaciones, entendidas como un modelo de expresión de las ciencias económicas, han tenido éxito a la hora de explicar y predecir interacciones, incluso en “prescribirlas” mostrando la ganancia de la cooperación frente al free rider. Pero el aparente éxito de la Teoría de juegos a la hora de reconocer la deriva existosa que supone la cooperación frente al free rider adolece, al final, de las mismas limitaciones que tenía la lógica formal de primer orden a la hora de transcribir, por ejemplo, el Quijote. Pues no pueden extender su eficacia hasta incluir en la explicación, predicción y prescripción de interacciones los contenidos de las negociaciones y subnegociaciones (connotaciones), de modo que la cooperación que ambas propuestas han demostrado como óptima, esa que define el denominado “equilibrio de Nash”, no termina de justificarse en dichas propuestas (Teoría de juegos). De esta manera, el autor repasa el devenir de nuestra civilización entresacando posibilidades exitosas que pueden ser retomadas, y precisando el error de las que deben ser descartadas.

La genealogía de este proceso es explicada desde sus precedentes renacentistas y más allá, hundiendo su mirada en la formación de lo que llamamos contemplación no mítica, esto es, en la génesis de la Theoría, es decir, de la contemplación teórica en la Grecia clásica, de la racionalidad que verá emerger la polis como algo distinto de un vulgar imperio de súbditos.

Una de las cosas que más se agradece de la obra es el tratamiento literario de un tema, una materia, de suyo complicada. No sólo nos acerca con familiaridad al problema, sino que acerca el problema a la familiaridad de lo cotidiano. Es esta una obra que consigue el extraño efecto de hacer saber desde el comienzo de la primera lectura, que va a haber una segunda... y así hasta echar de menos una continuación desde la tardomodernidad con la que acaba y en donde nos deja. Mi cercanía al autor me permite anunciar que la habrá.

Sólo nos queda despedirnos como los gladiadores saludaban Morituri te salutant.

                  Francisco (David) Sanchez la Fuente Santillana..


[1] En la Edad Media se distinguían los sentidos formaliter, materialiter, metaforice y eminenter. Éste último era la consideración más alta que podía recibir un objeto o situación de la contemplación que hacía el interprete.