Del libro “Castiglione y el arquetipo humanista en España” de Elisa Prieto Conca


Del «Prólogo»
Castiglione y el arquetipo renacentista en España: música y paideia
de Elisa Prieto Conca

Quien lea de manera superficial o incompleta Il cortegiano entenderá la obra como un libro de actas que registra la conversación sobre esto y aquello de distinguidas damas y gentiles cortesanos que, en los recesos de sus habituales tareas (en el caso de ellos, sobre todo medrar en la curia vaticana o en los diversos principados italianos), entretenían sus ocios en la corte de Urbino como si estuvieran en una resucitada Academia platónica [...]. La primera impresión está dominada por la centralidad de la palabra, pues en aquel dominio papal de Urbino se hablaba sin solución de continuidad de lo divino y de lo humano. Lo divino: el amor al amor, que conduce desde la vista y el oído, los sentidos menos groseros según los grandes filósofos de la Antigüedad clásica, hasta la belleza ideal, ya sin soporte físico, y de esta a la contemplación de la Rosa mística. Lo humano: los torneos, los juegos, la guerra, la caza —un sucedáneo de la guerra—, los modos de hablar y de comportarse, las lecturas, las técnicas del cortejo, las danzas, las canciones, los vestidos, los tocados.

[...] Aquellos cortesanos y damas de palacio se estaban replanteando el universo en las tertulias vespertinas que dedicaban, bajo los auspicios de Elisabetta Gonzaga, esposa del pobre duque Guidobaldo da Montefeltro y verdadero genio tutelar de esas reuniones, a hablar y hablar hasta que les vencía el sueño o alumbraban las primeras luces diurnas. Son difíciles de olvidar las palabras con las que Pietro Bembo, que en la cuarta sesión había comenzado a razonar sobre el amor sensible, va poco a poco derivando hacia el amor divino, en el que se adentra hasta que pierde pie, «tiniendo los ojos vueltos hacia el cielo como atónito». En la cima del éxtasis, primero Emilia Pio y luego la propia duquesa Elisabetta Gonzaga introducen alguna razón banal para poner punto final a aquel deliquio, como el que carraspea delicadamente para sacar a alguien de su ensimismamiento. Entonces, cuando la duquesa propone dejar la conversación para mañana, Cesare Gonzaga le matiza que más bien querrá decir para esa misma tarde («[a]nzi a questa sera»); y, ante el asombro de la duquesa, le explica que ya es de día: «y en diciendo esto mostrole la claridad que comenzaba a entrar por las hendeduras de las ventanas» [...].

Esa cuadrícula cortesana, donde no aparecen criados, ni existen preocupaciones económicas, ni apenas se oye el clamor de la vida que está más allá del palazzo ducal, estaba regida por un afán de armonizar el mundo de la Antigüedad clásica con el de la Biblia, el de la poetica theologia con el de la ciencia, el de la música mundana e inaudible de los astros consonantes con el de la música auditiva que se produce mediante el canto o con la vihuela o el laúd: Atenas y Jerusalén (o sea: Roma, en la que confluyen ambas), Platón y San Agustín, Orfeo y David el salmista, Alejandro y el emperador Carlos V, Boecio y Tinctoris.

Tanto en la plasmación del modelo humano de la cortesanía como en la articulación de los medios para conseguirlo son fundamentales las artes musicales y poéticas, que van de la mano si es que no son originalmente lo mismo, al menos según las enseñanzas de Platón que allí estaban tan presentes a través de los diversos y sucesivos intérpretes y continuadores: los neoplatónicos (Plotino, Porfirio, Proclo) y los neo-neoplatónicos (Ficino, Pico, Hebreo, Equicola, Bembo). Analizar lo que allí se decía de la música, y, sobre todo, lo que se dejaba entrever de aquellas alusiones, es un núcleo íntimo de este libro. No puede pretenderse que Castiglione, que tenía los conocimientos musicales justos —o sea, los propios de una persona culta, pero no de un músico «profesional»—, dé cuenta precisa del estado de la música en Urbino, en Italia o en la Europa occidental. Pero precisamente porque gozaba de una sensibilidad musical y artística que le permitía recoger las opiniones y conocimientos de sus cultos amigos con libertad intelectual y sin las ataduras gremiales de los que se dedican a ello, su texto ofrece un panorama abarcador y desprejuiciado sobre la música en la conformación del nuevo canon antropológico que estaba fraguando por entonces. Este hombre ideal no es solo el varón, sino el anthropos: el varón y la mujer; porque la mujer está específicamente presente, hasta el punto de que a ella se dedica uno de los cuatro «libros» de los que consta la obra.

Todo lo cual se expone en estas páginas desde una clara perspectiva «españolista»: después de todo, Il cortegiano había sido escrito por un italiano muy vinculado a España, a la que amó, a pesar de que sus afectos no siempre coincidieran con sus intereses diplomáticos, y donde ejerció como embajador papal ante el emperador Carlos. Uno es también de donde muere; y el conde Castiglione murió en Toledo, ciudad en la que fue inicialmente enterrado. Además, en Barcelona vio la luz la primera traducción de su obra a otra lengua, el castellano en concreto, y no por mano de cualquiera, sino del poeta catalán Juan Boscán, introductor de los modos y métricas italianistas en la lírica española, que franqueó la puerta que habría de cruzar, galante y genial, su amigo del alma Garcilaso de la Vega, el princeps poetarum en la lengua de Cervantes. Si no parece exageración, Garcilaso es el ejemplo encarnado del verdadero y más perfecto cortesano. ¿O es que no da la impresión de que Castiglione estaba retratando precisamente a Garcilaso, que abrió los ojos en la misma ciudad donde aquel cerró los suyos? El propio Garcilaso que había puesto a Boscán en la pista de Castiglione lo acompañó en la tarea de la traducción y le ayudó en la labor de lima. [...]

En suma, lo que, de partida, se ha pretendido en estas páginas es analizar Il libro del cortegiano, de Castiglione, con vistas a concretar los rasgos del modelo humano como dechado digno de emulación, en el seno de la filosofía neoplatónica y específicamente de la ciencia del amor que alienta en ella. Dado que alcanzar ese canon moral requiere avanzar en un camino de perfección de índole formativa, tienen cabida aquí la paideia y la música: la paideia, en cuanto construcción de una personalidad en la que convergen idealmente las realizaciones de los aristoi; y la música, en cuanto elemento que favorece dicho proceso y supone la síntesis entre el espíritu humanista y el que dimana de la Antigüedad, entre los saberes de la elocuencia (el Trivium medieval) y los de la matemática (el Quadrivium). [...]

Cuando se publicó la obra en Italia en 1528, o cuando lo hizo la traducción castellana en 1534, unos la leían para aprender modos y modales de comportamiento en aras de un proceso socializador, tomados de los cortesanos que les servían de referente (a la manera en que actualmente se hojean revistas «de sociedad» con idéntico propósito: la baja burguesía imitando a la alta, y esta a la aristocracia); en tanto que otros, más cultivados, buscaban allí no tanto los usos de sus coetáneos como los fundamentos y precedentes grecolatinos de tales usos. En pocos textos se percibe, tan claramente como en la obra de Castiglione, la confluencia entre los antiguos y los modernos, lo heredado y lo concebido, la tracción del pasado y las propuestas de futuro. [...]