Cuenta la mitología clásica que Dédalo construyó un laberinto en Creta para esconder al Minotauro...


Presentación del libro de  Arantza Larrauri
 En Madrid y Barcelona
Por Joan Riambau

Cuenta la mitología clásica que Dédalo construyó un laberinto en Creta para esconder al Minotauro por orden del rey Minos. Fue ese un laberinto de piedra. De torcidas vías, como decía Ovidio.
Más reciente en nuestro imaginario, se aparece un laberinto de setos bajo la nieve. Es el laberinto del Resplandor donde Stanley Kubrick —con el permiso de Stephen King, otro rey— encerró a otro Minotauro: Jack Nicholson.
Y a diario visitamos ciudades laberínticas hechas de calles tortuosas y encrucijadas —aunque la nuestra, Barcelona, sea cuadriculada como un tablero de ajedrez. Y tuvimos que construirnos un laberinto en Horta para soñar con que nos perdíamos. O el laberinto de cristal del parque del Tibidabo, donde las huellas dactilares impresas en el vidrio son la prueba de las infructuosas huidas de sus habitantes. ¿Minotauros, quizá?

Y vivimos vidas laberínticas. Vidas para leerlas, que decía Cabrera Infante. Y los poemas de Arantza son lecturas de la vida que nos sumergen en todas las edades. En todos los espacios.

 

Con hermosas imágenes:

Hoy el laberinto es una llanura verde

Con un columpio blanco.

Y como “la niña que caza mariposas con las manos”, nos adentramos en la edad de oro de la infancia. Nos asomamos a la oscuridad. A los miedos. Al laberinto.

El laberinto es un reto. Un ritual. Iniciático, como no. El camino para llegar al centro de uno mismo. O el camino para cruzar el bosque: el laberinto más antiguo. El bosque ya estaba allí antes incluso que los hombres. Estaba allí cuando no había siquiera nadie que se pudiera perder entre los troncos y las ramas.

En la mitología clásica, el valiente Teseo se adentró en el laberinto con el hilo de Ariadna. Pero más heroico que Teseo fue aún Pulgarcito, en una mitología más antigua todavía: la de los cuentos infantiles, cuando descubrimos el miedo.

Y así nos introduce Arantza en el laberinto de su poemario, advirtiéndonos tras oír el sonido quejumbroso de las verjas:

De nada sirve

Memorizar los pasos
O arrojar migas de pan por el camino

A modo de pistas…

Cuando cae la tarde, los pájaros rojos picotean el pan y se desvanecen las puertas… Ya no hay vuelta atrás, sentencia el verso.

Estamos en un bosque de abetos, robles y margaritas gigantes, como si todos fuésemos diminutas Alicias.

Cae la noche en el bosque y buscamos la cabaña donde refugiarnos.

Una luz en una ventana entre los árboles.

¿Vivirá allí la bruja de Hansel y Gretel?

Sin hilo y sin migas de pan, nos guiamos en la oscuridad por los débiles resplandores de luciérnagas y farolillos.

¿Hay salida en ese laberinto? Sí, aunque tengamos que convertirnos en niebla.

Créeme:

La salida siempre está allí.

 

¿Dónde?, nos preguntamos. Y las luces nos responden:

Al principio, en el origen,

Lejos del miedo.

Deja de rememorar la emoción del miedo, insiste el verso.

Y da paso a la luz, ordena.

Y de luz están hechas esas imágenes tan hermosas que se suceden en los poemas:

Que no estás sola en el laberinto

Es una certeza que te asalta

Especialmente por las noches,

Cuando los ojos abiertos como búhos

Se posan sobre ti.

Más imágenes. Son los poemas ecos, hilos de voz, interrogantes que se agolpan como torbellinos, pellizcando tus tobillos, hasta caer rendidos a tus pies, como en el otoño solían agolparse las hojas áureas.

Y como un sendero zigzagueante entre el bosque, los versos, como hojas que caen de las ramas, mecidas por el viento, sobrevuelan los miedos —miedos de la infancia, de la edad adulta— y nos conducen hasta un bello poema sobre la naturaleza del amor:

Pensé que te asustarías,

que dejarías de quererme.

Y solo tú tienes la llave del laberinto, parece decirnos. También el lector sabrá salir del laberinto.

Como Teseo. O Pulgarcito. Venciendo el miedo.